Durante décadas, la política gallega pareció funcionar bajo una premisa casi incuestionable: el Partido Popular podía perder votos, sufrir desgaste o atravesar crisis internas, pero su hegemonía seguía siendo estructuralmente indiscutible. Desde finales de los años noventa, Galicia se convirtió en uno de los territorios más estables del Estado, con una arena política diferenciada y una derecha consolidada en el poder con una oposición fragmentada incapaz de presentarse como una alternativa de largo plazo al PPdeG.
El ascenso electoral del BNG no es solo un fenómeno cuantitativo —aunque los datos son elocuentes— sino la expresión de una transformación muy profunda en el equilibrio político gallego. En 2016, cuando Pontón asumió el liderazgo del partido, el nacionalismo atravesaba uno de los momentos más delicados de su historia electoral. Tras las escisiones del ciclo político anterior y la irrupción de nuevas fuerzas en el espacio de la izquierda, perdieron protagonismo y parecía condenado a una lenta irrelevancia institucional.
Ocho años después, el escenario es radicalmente distinto. El BNG ha pasado de seis diputados en el Parlamento gallego a veinticinco, se ha consolidado como principal fuerza de oposición y se ha convertido, por primera vez desde la restauración democrática, en un actor político capaz de disputar al Partido Popular la hegemonía del sistema político gallego. No es que sea la primera vez que el nacionalismo disputa la hegemonía: es la primera vez que cualquiera la disputa.
La propia Pontón ha insistido en varias entrevistas en que este cambio no responde únicamente a una coyuntura electoral favorable, sino al agotamiento de un ciclo político largo. En una conversación con infoLibre, señalaba que “el BNG está demostrando que no tiene techo. Quien llegó al techo fue el Partido Popular”, interpretando la evolución electoral de los últimos años como el síntoma de un desgaste acumulado tras dos décadas de gobiernos conservadores y dependientes de Madrid. Según su diagnóstico, ese desgaste ha abierto una grieta política que permite imaginar un escenario que durante años parecía improbable: una mayoría seria alternativa al PP en Galicia.
Ese cambio de clima político se percibe también en el comportamiento estratégico de los propios partidos. Durante décadas, el adversario electoral del Partido Popular en Galicia fue el « el caos » representado por diferentes fuerzas políticas cuya composición y tamaño fué variando. Sin embargo, en los últimos ciclos electorales la confrontación política se ha desplazado definitivamente hacia el BNG. Todo el discurso del PP gallego se articula hoy en torno a la necesidad de frenar al nacionalismo, un indicio claro de que el Bloque ha dejado de ser percibido como una fuerza secundaria para convertirse en el (único) rival real por el poder.
La propia actitud del PPdeG en esta legislatura confirma esta realidad. De la mano de su número dos, Paula Prado, y su portavoz en el Parlamento, Alberto Pazos, los conservadores atacan con dureza al BNG y a sus líderes ubicándolos en la radicalidad y aprovechando los penos de control al gobierno para intentar neutralizar a los de Ana Pontón con temáticas alejadas de la realidad gallega como el burka o la extinguida banda terrorista ETA.
Pero el crecimiento del Bloque no se explica únicamente por la erosión del adversario. Una de las claves más relevantes del ciclo político actual es la capacidad del BNG para conectar con sectores sociales que en las últimas décadas se encontraban alejados del nacionalismo gallego, especialmente entre la población más joven.
Los estudios postelectorales de las elecciones autonómicas de 2024 y los sondeos más recientes, muestran una realidad constante y particularmente reveladora: el Bloque es el partido con mayor apoyo entre los votantes de menos de 45 años, por encima de sus competidores.
Pontón ha convertido esa conexión generacional en uno de los ejes de su discurso político. En un acto dirigido a jóvenes militantes, recogido por diversos medios, defendía que el objetivo del BNG es construir “una Galicia en la que la gente joven pueda desarrollar su proyecto de vida sin tener que marcharse”. La idea aparece de forma recurrente en sus entrevistas: el nacionalismo gallego como herramienta política para revertir dinámicas estructurales de precariedad, emigración juvenil y debilitamiento del tejido productivo.
En elDiario.es, Pontón sintetizaba ese planteamiento con una frase que resume bien la estrategia política del Bloque: “En Galicia se están palpando las ganas de cambio. Hay una nueva mayoría social que quiere políticas distintas a las del Partido Popular”.
Ese discurso conecta además con otro fenómeno político que distingue a Galicia del resto del Estado: la práctica inexistencia de la extrema derecha como actor político relevante.
Mientras Vox ha conseguido entrar en numerosos parlamentos autonómicos y consolidar una base electoral significativa en buena parte del país, en Galicia su presencia institucional sigue siendo prácticamente nula. No cuenta con representación en el Parlamento gallego, tampoco en el Congreso por circunscripciones gallegas y su implantación municipal es marginal.
Pontón ha defendido en varias ocasiones que la fortaleza del BNG explica en parte esa anomalía política. VOX, que encuentra su fortaleza sobre todo entre el electorado más joven, no puede competir con un nacionalismo que ofrece a estos mismos un horizonte de cambio suficientemente substancial como para atraerlos y evitar así que acaben atraídos por el discurso de la extrema derecha. Dicho en términos muy simples, si en España entre los jóvenes está de moda « ser dederechas » y estar en la esfera de VOX, en Galicia la referencia es el BNG.
Ese argumento aparece también en diversas reflexiones publicadas en medios gallegos. En Nós Diario, Pontón destacaba que Galicia ha demostrado que es posible construir una alternativa política que combine defensa de los derechos sociales, reivindicación nacional y políticas públicas orientadas al desarrollo económico del territorio.
La consecuencia de este proceso es que el sistema político gallego se diferencia definitivamente de otras comunidades autónomas. En lugar de un espacio fragmentado donde la extrema derecha juega un papel decisivo, Galicia se articula en torno a un eje de competencia entre el Partido Popular y un BNG que se imagina ya en San Caetano.
Ese nuevo equilibrio político no implica necesariamente que el cambio de gobierno sea inmediato. El Partido Popular conserva todavía una base electoral sólida y un entramado institucional muy consolidado. Pero sí introduce un elemento que durante mucho tiempo parecía ausente en la política gallega: la posibilidad real de alternancia.
La década de liderazgo de Ana Pontón al frente del BNG ha transformado profundamente las expectativas del sistema político gallego. El nacionalismo ha pasado de ser una fuerza que aspiraba a influir en la agenda política a convertirse en una organización que ocupa el marco simbólico de la gobernabilidad en las instituciones de la Comunidad Autónoma.
Quizá por eso la resistencia a reconocer ese cambio sigue siendo tan intensa en algunos ámbitos del debate público. Aceptar que el BNG puede disputar la hegemonía al Partido Popular implica asumir que Galicia ha entrado en una nueva fase política. Una fase en la que, por primera vez desde la restauración democrática, el poder en Galicia ya no parece predeterminado.









