El PPdeG abraza el manual de Vox

por | Abr 7, 2026 | Política

El partido de Alfonso Rueda, con mayoría absoluta en la Xunta, ensaya desde hace meses una estrategia comunicativa y parlamentaria calcada de los manuales de la derecha radical: caricatura del adversario con inteligencia artificial, amalgama con el terrorismo de ETA y vaciamiento del debate legislativo. Una oposición a la oposición movida por el nerviosismo demoscópico

Un partido con 40 diputados en la Cámara gallega, 25 más que la segunda fuerza, no necesita en teoría disputar cada palmo de espacio político. Alfonso Rueda gobierna con una mayoría holgada que, según todos los barómetros del último año y medio, revalidaría en unas nuevas elecciones. Y sin embargo, desde hace meses el PP gallego ha ido adoptando un registro que rompe con la tradición de moderación y gestión que caracterizaba al histórico PPdeG de Fraga y Feijóo: el registro de la derecha radical.

Son prácticas trumpistas, importadas de un ecosistema de posverdad en el que la veracidad del mensaje importa menos que su capacidad de saturar el espacio público.

No se trata de un viraje retórico aislado, sino de una estrategia coordinada que se despliega simultáneamente en dos frentes: el comunicativo —redes sociales, TikTok, vídeos virales— y el institucional —mociones y proposiciones en el Parlamento de Galicia—. En ambos, el patrón es el mismo: caricaturizar al BNG, vincularlo por amalgama con el terrorismo etarra y convertir el debate político en un terreno de crispación permanente. Son prácticas trumpistas, importadas de un ecosistema de posverdad en el que la veracidad del mensaje importa menos que su capacidad de saturar el espacio público.

El PP gallego ha publicado en las últimas semanas una serie de vídeos en TikTok bajo el rótulo «Decálogo do bo independentista», en los que dirigentes del BNG aparecen insertados mediante inteligencia artificial generativa en escenas falsas —un autobús urbano, situaciones cotidianas— con leyendas que los presentan como caricatura de un supuesto «independentista modelo». No son montajes tradicionales: se trata de contenido sintético, generado con las herramientas de IA hoy accesibles a cualquier equipo de comunicación política. La técnica conecta con un precedente reciente del PP estatal, que en 2024 empleó un vídeo generado por IA de dirigentes del PSOE en un reality show ficticio, hasta el punto de provocar un conflicto diplomático con República Dominicana. Lo relevante no es la broma digital en sí, sino lo que normaliza. Primero, la producción institucional de deepfakes políticos por un partido de gobierno: una línea roja que hasta hace poco las democracias europeas habían tratado de preservar precisamente por los riesgos que implica. Segundo, el mensaje que transporta: presentar al BNG no como adversario político con el que se discrepa, sino como entidad ridícula o directamente peligrosa. Es el playbook de la derecha radical contemporánea, el que Donald Trump normalizó en Estados Unidos y que Vox y formaciones afines han ido importando a Europa: saturar el espacio público con contenido sintético cuya verosimilitud importa menos que su capacidad de pegarse al imaginario del votante.

El segundo frente es institucional y más grave. Durante el último Debate sobre el Estado de la Autonomía, el PPdeG incorporó entre sus propuestas de resolución que el Parlamento reafirmase el reconocimiento a las víctimas del terrorismo de ETA y el rechazo «rotundo» a cualquier acuerdo político o pacto con formaciones que no condenen «expresa e inequívocamente el terrorismo». La jugada es transparente: forzar una votación simbólica sobre ETA en la Cámara gallega —un territorio donde ETA jamás tuvo presencia operativa— con el único objetivo de construir el titular de que el BNG vota contra la condena del terrorismo o, si vota a favor, neutralizar políticamente la propia iniciativa. El movimiento no es nuevo. Ya en diciembre de 2021, el entonces secretario general del PP, Miguel Tellado, subió a la tribuna del Parlamento gallego y llegó a relacionar a los nacionalistas con el Comando Barcelona de ETA, acusando en falso al BNG de «negarse a condenar la violencia como herramienta política». La diferencia es que ahora, con Rueda presidente y el BNG en ascenso sostenido, esa línea retórica se institucionaliza: pasa de la intervención puntual de un portavoz a formar parte de las propuestas formales de resolución del grupo parlamentario.

El efecto buscado es doble. Por un lado, contaminar la imagen pública del BNG en un momento en el que los sondeos lo consolidan como segunda fuerza y le atribuyen un crecimiento sostenido. Por otro, ocupar el espacio discursivo que podría reclamar Vox en Galicia, donde los ultras rozan el umbral del 5% en Pontevedra y A Coruña pero todavía no entran en el Parlamento.

El resultado es un fenómeno políticamente anómalo: un partido con mayoría absoluta que actúa como si estuviese en campaña permanente. En lugar de emplear su cómoda posición institucional para fijar la agenda desde la gestión —sanidad, vivienda, infraestructuras, transición energética—, el PP gallego dedica energía parlamentaria a mociones sobre ETA, a episodios de crispación simbólica y a la producción de contenido viral que caricaturiza al adversario. Hace oposición a la oposición. La explicación más razonable es el nerviosismo demoscópico. El BNG es la única fuerza que sube desde las autonómicas de 2024; las encuestas lo sitúan como primera fuerza entre los menores de 45 años; el CIS de marzo le atribuye una proyección histórica de siete escaños en el Congreso. Y a la derecha del PP, Vox presiona sin romper todavía el umbral del 5%. El PP gallego reacciona a ese doble frente adoptando el lenguaje del que teme: el de la ultraderecha.

El coste lo paga la calidad del debate institucional. Galicia tiene problemas estructurales —demográficos, industriales, sanitarios— que merecen una Cámara centrada en legislar. Lo que está ocurriendo es distinto: el vaciamiento del Parlamento como espacio de deliberación y su reconversión en plató de agitación ideológica. Un síntoma más, en definitiva, de que la frontera entre la derecha tradicional y la derecha radical se está volviendo cada vez más porosa también en Galicia.

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